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Thomas Paine: la democracia radical versus
la república conservadora

Por Pablo A. Pozzi
Profesor Titular de la Cátedra de Historia de los Estados Unidos de América,
Departamento de Historia, Facultad de Filosofía y Letras,
Universidad de Buenos Aires, Argentina.

Resumen:

La figura de Paine encierra una serie de tensiones en la sociedad norteamericana que se pueden rastrear desde la independencia hasta nuestros días. Estas tensiones se sintetizan en la disputa entre la democracia radical y la república conservadora: por un lado Ethan Allen y Tom Paine; por otro, conservadores como Alexander Hamilton, John Adams y George Washington. Paine propuso la abolición de la esclavitud casi cien años antes que Lincoln; fue uno de los primeros ingleses en propiciar la independencia de la India; y reivindicó los derechos de la mujer. El día de hoy Thomas Paine tiene una relevancia notable. No sólo por su internacionalismo revolucionario y desafío a las instituciones existentes, sino por la modernidad de su pensamiento, su racionalismo y su fe en la naturaleza humana. 

Thomas Paine’s actions and thought reveal a series of underlying tensions within U.S. society that can be traced to the present. These tensions can be summed up in the dispute between radical democracy and conservative republicanism, which juxtaposed Paine and Ethan Allen with figures such as Alexander Hamilton, John Adams, and George Washington. Paine proposed the abolition of slavery one hundred years before the Civil War; he called for the independence of India in the XVIII Century; and he defended the rights of women long before Susan B. Anthony. Today, Paine still has a relevance that is noticeable not only because of his revolutionary internationalism and his defiance of existing institutions, but because of the modernity in his thinking, his rationalism, and his unflinching faith in human nature.

La noche del 30 de octubre de 1819 el famoso escritor cartista y dirigente radical William Cobbet partió en barco desde Nueva York hacia Inglaterra. En su equipaje llevaba los restos de Thomas Paine, autor de dos de los ensayos políticos más famosos en la historia de la democracia humana: Sentido Común y Los derechos del hombre. De esta manera Cobbet y el gran movimiento reformista y radical inglés, el Cartismo, realizaban un tributo a uno de los más grandes pensadores del mundo occidental. Paine había muerto una década antes, el 8 de junio de 1809, en la más absoluta pobreza y en la oscuridad total. En su funeral hubo sólo algunos curiosos y dos admiradores. Sus amigos y correligionarios, como Thomas Jefferson y Benjamín Franklin, decidieron no asistir. De

 

hecho, no hubo dignatarios, ni discursos, ni luto oficial. Esta ironía y paradoja, puesto que al fin y al cabo Paine había sido el gran tribuno y orador de la independencia norteamericana cuyo pensamiento había dado forma a gran parte del ideario democrático moderno, no se le escapó a Madame de Bonneville, su ama de llaves:

“Mirando en derredor, y observando al pequeño grupo de curiosos, exclamé mientras la tierra era volcada en la tumba: ¡Oh, Sr. Paine! Mi hijo está aquí como testimonio de la gratitud de América, y yo por Francia. Esta era la ceremonia fúnebre de este gran político y filósofo”.(1)

Entre 1809 y 1942 Tom Paine sobrevivió en el mundo subterráneo de los radicals norteamericanos,(2) hasta que apareció la obra de Howard Fast, El ciudadano Tom Paine, que se convirtió en uno de los grandes éxitos editoriales del siglo XX. A partir de ese momento, Paine comenzó una lenta pero inexorable reaparición en el horizonte norteamericano. La figura de Paine encierra una serie de tensiones en la sociedad norteamericana que se pueden rastrear desde la independencia hasta nuestros días. Estas tensiones se sintetizan en la disputa entre la democracia radical y la república conservadora: por un lado Ethan Allen y Tom Paine(3); por otro, conservadores como Alexander Hamilton, John Adams y George Washington. Estos últimos se organizaron en el llamado Partido Federalista que se originó a partir de 1781 en sectores que reclamaban un gobierno central más fuerte, sobre todo entre aquellos que eran acreedores del nuevo estado independiente. Sus primeros dirigentes fueron Alexander Hamilton, John Jay, Gouverneur Morris, James Madison y George Washington(3). Estos hombres fueron los principales impulsores de algunas de las características centrales de la nueva Constitución ratificada en 1789 y que apuntaban a garantizar el orden y la estabilidad. Su apoyo provenía de las viejas elites coloniales de las ciudades comerciales y de los dueños de esclavos. Entre 1789 y 1801 los Federalistas fueron la fuerza política dominante en Estados Unidos. Hombres tales como Thomas Jefferson se encontraron tratando permanentemente de reconciliar ambas posturas, puesto que si bien estaban cercanos a Paine también pertenecían a la elite conservadora.

Fue durante el siglo XVIII que se forjó un proceso cultural conflictivo que sería una de las principales herencias coloniales de los Estados Unidos. En este proceso se desarrollaron una

 

serie de conceptos que serían fundamentales tanto para la constitución de una identidad nacional norteamericana, como para un desarrollo capitalista y, eventualmente, para una hegemonía ideológica. Uno de estos cambios claves fue el desplazamiento conceptual desde la “multitud mecánica” (artesanal) hacia la “chusma sin trabajo”. Los efectos de esta revisión fueron enormes. Hasta ese momento el demos incluía a la multitud de no propietarios que eran vistos como productores. La nueva visión tomó cuerpo en la ideología artesanal del “radicalismo” cuya expresión más acabada fue Thomas Paine, que cuestionaba la base de sustentación ideológica de la elite dominante durante el período colonial y dividía a la sociedad en productores y parásitos.(4) Lentamente durante más de un siglo, esta ideología no clasista, fue siendo resignificada de manera que las virtudes del trabajo se fueron asociando a la propiedad y no a la producción. De esta manera, el día de hoy la esfera de la producción es un atributo (insólito) no de los que producen sino de los que son dueños de los medios de producción; hasta el punto de que las asociaciones patronales se refieren a sí mismas como “asociaciones de productores”.

Esto fue el resultado de una evolución en la tradición anglosajona. La Carta Magna, glorificada por la historiografía inglesa como elemento democrático, no fue un documento redactado e impuesto al rey en beneficio del demos sino más bien en el de los señores feudales. Lo mismo podemos decir de Cromwell y de la Revolución Gloriosa de 1688 que representaron los intereses de los propietarios y no el de los sectores populares. Sintetizado por John Locke, el pueblo no es soberano sino, más bien, es representado por una minoría propietaria. La historiadora Ellen Meiksins Wood(5) se basó en esa premisa para plantear que existió un desplazamiento de poder desde el señorío a la propiedad que, al separar la ventaja económica del privilegio político, permitió la ampliación del concepto de ciudadanía. El momento clave en esta resignificación del concepto fue, según Meiksins Wood, la independencia norteamericana. Autores como Eric Foner han notado que esa guerra tuvo un carácter contradictorio: fue iniciada y liderada por comerciantes y plantadores esclavistas pero desató un nivel de participación de granjeros, artesanos y empleados que le dio un carácter profundamente democrático, en su sentido antiguo. Fueron los norteamericanos los que desarrollaron el concepto de la “democracia formal”, como

     
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FLEURY, Sonia: Estados sin ciudadanos. Paidós, Bs.As., 1999.