Thomas Paine: la democracia radical versus la república conservadora Por Pablo A. Pozzi |
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del pasado no son guía para el presente. De hecho, su concepto central era que cada generación en cada época actúa por sí misma, y establece un orden político y social que responde a sus necesidades. Así la soberanía del gobierno republicano reside exclusivamente en el pueblo y debe servir a sus intereses. Más aun, el simple concepto que el ser humano tiene derechos por encima de los que pueden otorgar el privilegio, la riqueza o el poder tenía a fines del siglo XVIII una poderosísima fuerza subversiva. Una vez más, la obra de Paine fue exitosa vendiéndose cientos de miles de ejemplares. Uno de los resultados fue que en octubre de 1792 el autor fue nombrado miembro del Comité de Nueve que debía redactar la nueva Constitución francesa. En este contexto Paine se opuso a la pena de muerte por lo que solicitó que se perdonara la vida a Luis XVI. En 1793 cuando Robespierre y los Jacobinos reprimieron a los Girondinos, Paine fue arrestado y encarcelado durante diez meses. En la cárcel escribió La Era de la Razón, un penetrante ataque sobre el teísmo cristiano y una defensa de la religión natural deísta libre de toda noción sobrenatural.(20) Una vez que cayeron los Jacobinos, Paine fue liberado en 1794 con la salud quebrantada. A pesar de eso fue electo nuevamente a la Asamblea. En 1802 regresó a Estados Unidos para encontrar una nación muy cambiada de la que había dejado quince años antes. El fermento social y de ideas se había aquietado(21) y la prensa federalista se dedicó a condenarlo duramente. Los últimos años de su vida los pasó en la oscuridad y la pobreza refugiado en su granja de New Rochelle. II La ideología de Paine, según Louis Hartz, es la de “un filósofo del sentido común” en “el país de mayor sentido común”.(22) En cierto sentido Hartz expresa una realidad: Paine no era un estudioso de la filosofía política. Al decir de Parrington: “Era el epítome de la revolución mundial. Absorbía ideas como una esponja. Era tan completamente un hijo de su época que los procesos intelectuales de la era no eran otros que los suyos. Pero fue mucho más que un eco; poseía una mente original. [Decía] ‘Cuando los precedentes fallan en asistirnos, debemos regresar a los principios para información y pensar, como si fuésemos los primeros hombres en hacerlo’.”(23) Desde 1776 hasta el final de sus |
días el pensamiento de Paine se mantuvo relativamente constante. Según él Los derechos del hombre estaba basado en los mismos principios que Sentido Común.(24) Estos principios eran el igualitarismo social, una hostilidad a la monarquía y al privilegio hereditario, el nacionalismo americano junto con una visión internacionalista de la libertad, y la confianza en las virtudes del comercio y del desarrollo económico. Para Paine, lo que distinguía su republicanismo no era una forma particular de gobierno sino su objetivo: “el bien común”. Tanto el conflicto partidario como el de clase eran incompatibles con la esencia de su republicanismo puesto que “éste no admite un interés distinto al de la nación”. Las leyes deberían reflejar los intereses del pueblo, y no las necesidades privadas o sectoriales. En esta visión Paine se diferenciaba de John Locke. El énfasis lockeano en los derechos naturales de una sociedad compuesta por individuos competitivos que perseguían sus propios intereses, chocaba con la noción painita del bienestar general que se remontaba a una noción artesanal de la sociedad corporativa.(25) Esta visión era rechazada por hombres como James Madison que veían en el concepto de “una masa homogénea de ciudadanos” una amenaza a sus intereses sectoriales de elite. Para Madison un gobierno representativo era una forma organizativa de preservar los derechos individuales; particularmente los intereses de la elite frente a la amenaza implícita en el bienestar de la ‘chusma’ o de la ‘multitud’. Esta amenaza se evidenciaba en la obra de Paine cuando éste, en sus primeros ensayos antiesclavistas, planteaba que los dueños de esclavos eran ladrones e insistía que “el esclavo, que es el verdadero dueño de su libertad, tiene el derecho de vindicarla”. En Sentido Común Paine señalaba que “la opresión es la consecuencia [...] de las riquezas”. Más tarde, en 1796, en su panfleto Justicia Agraria explícitamente culpaba a los ricos de la opresión de los pobres. A pesar de todo lo anterior, Thomas Paine no proponía una redistribución de la propiedad. Esto se debió a que él consideraba que la riqueza y la propiedad eran legítimas y contribuían al bienestar social cuando eran producto del esfuerzo individual. Su crítica, por ende, no era a la riqueza en sí sino más bien a las elites cuyo poder era hereditario. De ahí que su sociedad ideal se basaba en pequeños productores -artesanos y granjeros- en contraposición a otros sectores sociales que “no producen nada por sí mismos”. Así Paine planteaba una sociedad igualitaria y armónica puesto que se eliminarían las fuentes de la aristocracia -el privilegio hereditario, |
los favores gubernamentales y las prebendas de todo tipo- permitiendo el reino de las leyes naturales de la sociedad civil, garantizando que todas las clases se beneficiaran de la abundancia económica, y cuyas desigualdades en riqueza reflejaran las diferencias en habilidad y esfuerzo. De ahí que la principal causa de la pobreza fuera el mal gobierno. Si los pobres eran corruptos e ignorantes, la causa era el gobierno y sería eliminada con medidas de bienestar social, impuestos a los más ricos, ayuda a los desempleados y una educación pública y gratuita. La clave del problema, señaló Paine, residía en el principio de la propiedad privada; si el derecho a la propiedad es sagrado e individual -como insistía Locke- o si estaba limitado por las necesidades sociales. Su respuesta fue el principio de los valores sociales, una teoría con curiosas resonancias modernas: “Toda acumulación, por lo tanto, de propiedad personal, más allá de lo que producen las manos de un ser humano, es derivada de su vida en la sociedad de donde toda propiedad procede; y según todo principio de justicia, gratitud y civilización debe retornar una parte de esa acumulación a la sociedad de donde procede [...]”.(26) O sea, no hay nada malo con la riqueza siempre y cuando su consecuencia no sea la miseria. La forma de garantizar todo esto era, para Paine, un gobierno del pueblo. Tras el poder de los ‘zánganos’ [sic] se encuentra el engaño que el gobierno y la sociedad son reinos misteriosos y arcanos donde sus secretos son sólo poseídos por aquellos pocos que gobiernan, lideran u oprimen. “No hay lugar para el misterio, no hay lugar para que comience, cuando el pueblo se gobierna a si mismo”.(27) Este tipo de gobierno debería ser simple y sin complicaciones, a diferencia de las propuestas de hombres como John Adams que, en defensa de la separación de poderes, “glorificaban la complejidad” y pretendían retornar a la ficción y al misterio de una era predemocrática. Así un gobierno del pueblo y benéfico no necesita de ejércitos ni marina o de una policía inquisidora [sic]. Es la injusticia del gobierno la que crea ejércitos para defender la riqueza derivada de la injusticia. Por lo tanto, para Paine, el estado es un “monstruo creado por una minoría para servir a los fines de una tiranía”.(28) “Gobierno no más del necesario para proveer en aquellos pocos casos en los cuales la sociedad y la civilización no son competentes. [...] A más perfecta la civilización menos ocasión tiene de tener un gobierno puesto que regula sus propios asuntos y se gobierna a sí misma.”(29) En última instancia, la discusión ideológica a la que |
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