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¿Qué quieren las mujeres? Por Iris M. Zavala |
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Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época. Pues ¿cómo podría hacer de su ser el eje de tantas vidas aquel que no supiese nada de la dialéctica que lo lanza con esas vidas en un movimiento simbólico?, dice Lacan. Inicio mi viaje, y trazo las líneas de fuga que persigo. ¿Qué quieren las mujeres?, ¿qué es ser mujer?: es también la interpelación al otro: Chè vuoi?, ¿qué quieres? Freud las escuchó lo suficiente como para preguntarse, ¿qué quiere una mujer?". Lacan amplía la pregunta al deseo femenino, ¿de qué goza una mujer?, y avanza sosteniendo que no es por impotencia ni recelo intrigante que las mujeres no dicen todo sobre sus modos de satisfacción, sino por algo inherente a la estructura “lenguajera” del aparato del goce, insuficiente para dar cuenta de lo más propiamente femenino de la sexualidad en las mujeres. Toma entonces otro camino y, mediante la lógica, deduce el no-todo-dicho por las mujeres sobre las condiciones de su goce sexual. La pregunta. ¿Sería la misma hoy? ¿Sabe la mujer hoy qué quiere, de qué goza? Todo indica que hay múltiples respuestas a lo largo de la modernidad con el empuje de los feminismos: igualdad entre los sexos, el feminismo de la diferencia...Les invito a replantearnos qué es ser mujer, a autorizarnos, a ser “trabajadoras de la cultura” y a civilizar por medio del arte. Deshilvano la trama. El feminismo clásico busca la igualdad política, social y económica de la que gozan los hombres. Pero, aunque la mayoría de las mujeres occidentales del mundo capitalista ha mejorado sus derechos, todavía está pendiente la total igualdad con el hombre a nivel político, económico y social. Más importante aún, se han logrado los derechos para construir -con los hombres- el porvenir del planeta. El feminismo de la diferencia parte de lo sexual, para profundizar aquello que se llama la esencia femenina. No me adscribo a ninguno, si bien creo en la diferencia, pero en la que se formula desde el lacanismo. Pero en eso del sexo biológico hay paradojas y ambigüedades: ¿de qué lado están las carceleras de Auschwitz, o las militares norteamericanas que se fotografiaron, como si fuera una hazaña, torturando iraquiés? Es evidente que ni la biología, ni el género como se dice ahora, impiden que muchas se alíen directamente del lado del discurso Amo. No es pues fácil eso de un feminismo de igualdad... lo dejo por ahora. Intentemos esclarecer la diferencia a la que aludo, y las posiciones subjetivas de la sexuación. Los perspicaces podrán percibir un espectro de las posiciones femeninas y el goce. En el mundo “global”, descentrado, serializado y estrecho de hoy, que tiende a nivelar las diferencias de clase, raciales y nacionales, lo primero a excluir de ese Uno compulsivo es la Otredad que el ser femenino encarna, antes que cualquier otra diferencia. El mal (lo decía Nietzsche) es cuanto no sea yo, lo radicalmente distinto de mí. En ese yo la diferencia sexual queda obviada para hombres y mujeres. ¿No será la amenaza más real? En el Uno global, no hay espacio para la singularidad en la que el ser de lo femenino encuentra su fundamento: una a una, pues La mujer en tanto universal no existe, hay mujeres, una por una. Lejos de hacer series con ellas, es necesario distinguirlas: precisar la subjetividad de cada una, su singularidad. Me aclaro. Las mujeres -no-todas-, pues hablamos de la excepción, han permanecido excluidas de las historias que narran el pasado colectivo. Cuando la mujer incorpora su voz al coro, se sitúa en un apartheid cultural, en una nueva forma de segregación; se vuelve Toda al asimilarseal universal masculino. Incurre así en un universal, ¿y qué queda entonces de la diferencia? Se me permitirá ahora precisar. Mi punto de partida es lacaniano: La mujer no existe, no hay un conjunto en el cual inscribirse, es no-toda, y encuentra su ser en la “excepción”. El pensamiento de Lacan ayuda a localizar esa diferencia a la que no es fácil dar contenido lógico que permita articularla al paradigma masculino, fálico, universal. Como bien sabe la clínica analítica, nada hay que permita al sujeto situarse como hombre o mujer si no hay una relación, o posición subjetiva respecto del falo, símbolo de lo universal. Repito. Es una dificultad que alcanza a uno y otro sexo. El concepto de diferencia que invoco aquí es el que, de un modo sintomático denuncia el carácter “no-todo” de lo social, y desmonta desde dentro la consistencia de la ideología dominante. Retomado en un sentido reductivo, el concepto de diferencia se nos desvanece en las manos si nos apoyamos en la lógica lacaniana, fórmula que nos obliga a repensar los estudios feministas: la mujer como no toda. Para Lacan ello concierne a lo que es la asunción de un sexo en los seres que estamos sujetos al lenguaje. Replantea aquel forzamiento freudiano que consiste en desvelar en la mujer su relación –no toda—con el “rasero fálico” y su semblante de universalidad. En cuanto no toda, la feminidad comporta una otredad radical. La mujer es Otra también para sí misma. Dificultad no afrontada aún por quienes ponen bajo sospecha a ese contradiscurso perturbador que es el psicoanálisis lacaniano. Pero inevitable si hemos de ir un poco más allá del supuesto engañoso de que hemos cambiado el mundo. Para el lacanismo la sexualidad humana pone en evidencia diferencias que no son solo biológicas, sino significantes. Este paso requiere toda una elaboración sobre el deseo sexuado; las fórmulas de sexuación lacanianas, lejos de una identificación biológica, elaboran una lógica de lo que es o no nombrado por el falo. Cada sujeto se ubica a un lado o a otro, a través de su palabra. El falo, como la palabra, está presente siempre. Algo más: si exigimos un lugar para la mujer a partir de la diferencia de los sexos, ha de ser contra de la tentación de seguir segregándonos. La transformación de sujeto no puede realizarse sin abordar las exigencias pulsionales del goce, lo extralimitado, el sufrimiento, más allá de principio del placer, el dolor, y eso que llamamos después de Freud, la pulsión de muerte. Prosigo. La línea vibrante que sostiene mi discurso es lo femenino como separado de lo biológico, éste no existe como destino, no hay un universal mujer: Una por Una siempre. La mujer es una imposibilidad lógica; ella no se sitúa en lo universal. El feminismo plural, heterogéneo, que proviene de la diferencia, ha de partir del proceso de sexuación, no del género, que desvía toda la cuestión de la responsabilidad subjetiva hacia lo social. Introducir una ética vivificadora, abierta al encuentro de los sexos, exige localizar el problema en la subjetividad individual. Es decir, reconocer que la lógica del lenguaje, del significante, toma como soporte el falo, que por otra parte nadie tiene si no es a través del discurso. La teoría del género, producto convenientemente americano, diluye responsabilidades y refuerza las identificaciones imaginarias más alienantes. Si para el psicoanálisis la masculinidad y feminidad, más allá de las identificaciones que le sirven de soporte en el plano de los semblantes, son una elección que atañe una decisión subjetiva respecto al amor, al deseo y al goce, lo que ordena esa elección pasa inevitablemente por el significante fálico. Y remato, el planteamiento de Lacan es inédito, propone la asunción subjetiva de la sexualidad. Y, más importante, si posicionarse como ser sexuado supone una elección con respecto al goce, hacerse responsable de ese goce será una cuestión ética. Suspendo mi reflexión; básteles con ver en qué sentido pretendo que tomemos mi argumento. La mujer en su diferencia significa, a su vez desestabilizar los universales, cuestionar al Amo. Su función es descentrar el conocimiento, no totalizarlo, la suya es una posición acéntrica, exotópica, es la visión del otro, el pensamiento del otro. Por eso las y los grandes escritores (no hago distinción de sexos) descentralizan el conocimiento. Hablan lateralmente, siempre hay una historia oblicua, que no se dice o que se expresa en balbuceo. Debemos tener en cuenta que esa posición exotópica es nuestra fuerza. En este sentido preciso, el feminismo ha de operar con métodos deconstructivos, cuestionadores de la razón pura, analíticos, históricos, integrándose en el corpus del pensamiento crítico, que lo es en la medida en que logra incorporar la otredad, es decir, al otro sexo. Desde la modernidad el estatuto de las mujeres es una contradicción que no deja de expresarse en el seno de los llamados derechos universales del hombre. Hace unos cincuenta años los movimientos "feministas", así como los de reivindicación de las minorías sexuales, han |
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