Apuntes sobre piqueteros:
El parto mediático de un nuevo actor

 

        Por Daniel Saur
Doctor en Ciencias por el Departamento de Investigaciones Educativas del Centro de Investigación y Estudios Avanzados; Prof. de la Escuela de Ciencias de la Información, Universidad Nacional de Córdoba. Email: dgsaur@tutopia.com
Documento elaborado para el “IV Congreso Nacional de REDCOM - Política, Economía y Comunicación: Desafíos para un nuevo siglo”, realizado en la Universidad Nacional de Córdoba,
del 13 al 15 de junio de 2002.

Introducción

En el presente dislocado (Derrida, Laclau, Mouffe) de la Argentina contemporánea, surgen de manera incipiente inéditas modalidades de intervención política que ponen en movimiento nuevos actores, contribuyendo a la formación de nuevos procesos de configuración de identidades colectivas. En ese marco, los medios tienen un rol central, instaurando las condiciones de enunciablidad y de visibilidad pública, no sólo de la marginación, la pobreza y la exclusión, describiendo y narrativizando procesos de desintegración o alteración de las identidades sociales; sino también de procesos de lucha, resistencia y de nuevas formas de hacer política, entre las que se encuentran los piquetes y cortes de ruta.

Estas nuevas prácticas de intervención en el espacio público y en el hacer político interpelan a los cientistas sociales, presentándose como un desafío que debe ser afrontado.

El malestar colectivo

El progresivo ausentamiento del estado de su rol de garante de las condiciones mínimas de subsistencia de la población y de arbitrio de los medios para la conformación de ciudadanía, conjuntamente con su rol creciente en el proceso de acumulación y asignación del capital y de distribución desigual de la riqueza, ha producido en la década de los ‘90 efectos desbastadores en el tejido social, cuya mayor expresión puede encontrarse en el aumento exponencial de lo que se ha dado en llamar los “perdedores del sistema”, resultado de un creciente proceso de desocialización.

Como sostiene M. Antonelli (2000), estas operaciones del estado se manifiestan principalmente en “términos de desconfiguración de colectivos (atomización, desintegración, devastación como formas de exclusión, precarización, inhabilitación, victimización, etc.)”, en relación a lo que se puede denominar el “estado minimalista” (achicamiento y abandono por parte del estado de la cosa pública), simultáneamente con una máxima injerencia en la viabilización de las transformaciones de las estructuras societales, institucionales, legislativas, etc. Reduciendo su papel al de reaseguro coactivo de la economía de libre mercado.

La instalación de la economía de mercado como tarea privilegiada de la acción estatal -situación analizada por numerosos pensadores tales como Acuña, Lo Vuolo, Cavarozzi, Novara, etc.- han generado las condiciones para el quiebre del imaginario de una sociedad con “lugar para todos”, cerrando la posibilidad de bienestar y formas de mejora y ascenso social a través de los canales institucionales tradicionales, principalmente el trabajo y la educación. Fin de una época donde la relación capital/trabajo permitió a la masa social gozar de condiciones de ingreso que le garantizaban la subsistencia, así como oportunidades de acenso. “Antes, ser argentino significaba: acceso a la escuela pública que garantizaba la alfabetización, tener un mercado de trabajo que era casi un mercado de pleno empleo y gozar de derechos sociales. Esas tres cosas quebraron. Y pulverizaron nuestra identidad. La identidad de hoy hace que uno diga: ya no soy el que fui, ni seré el que fueron otros”, señala B. Sarlo (2002:26).

Esta transformación del estado y la sociedad ha sido posibilitada en gran medida por el sucesivo juego de transgresiones del marco de la ley que el mismo poder político económico ha instaurado, ya que ha sido el propio estado el que ha generado una situación de trasgresión e incumplimiento sostenido. En este sentido, podría decirse que el sistema político argentino se mece desde 1989 hasta la actualidad, entre la inclinación permanente del peronismo por forzar la ley y las dificultades del radicalismo para la administración del poder. Por caso y sólo a modo de ejemplo general de lo que estamos hablando, se puede tener en cuenta el incumplimiento sistemático del Art. 14 bis de la constitución nacional, parte del fundamento regulador de los distintos códigos legales aun vigentes en nuestro país. Dicho artículo garantiza constitucionalmente el derecho al trabajo en sus diversas formas en condiciones dignas y equitativas. No obstante, desde mayo de 1995 la tasa de desocupación ronda el 18%, 18,3% para la última medición de octubre de 2001 y alrededor del 25% para mayo de 2002, es decir que más de dos millones y medio de personas no tienen trabajo y otro tanto se encuentra en condiciones de precariedad laboral (subempleados) en un contexto en el cual se pierden cada hora catorce puestos laborales.

De este modo, las acciones conocidas como “piquetes” o cortes de ruta se han instalado desde 1997 como una de las numerosas expresiones de resistencia y reclamo de justicia en el marco de las transformaciones aludidas.

El contexto de la resistencia

En el proceso de historizar el conflicto social en Argentina y más específicamente la emergencia de los piquetes como modalidad de protesta, creemos importante aclarar que distinguimos, en principio, al menos dos contextos ineludibles que deben ser tenidos en cuenta para efectuar una periodización. Contextos que inscriben y circunscriben la emergencia de nuevas prácticas políticas entre las que se encuentran los cortes de ruta o piquetes.

  1. En primer lugar, es factible pensar una narrativa que si bien puede ser interpretada como desnaturalizada o poco instalada en el contexto sociodiscursivo contemporáneo, puede constituirse en una lectura posible de la resistencia política de mediano plazo en nuestro país. Resistencia que se reactiva a partir de la consolidación del modelo económico neo-liberal con su correlativa renaturalización de las desigualdades sociales, el que ha generado nuevas transformaciones en una cultura y un imaginario político ya profundamente desarticulado por la violencia ejercida en el cuerpo social durante el periodo dictatorial.
    Con ese marco de fondo, es factible hablar de una historia de conflictos con una cierta amplitud temporal, donde la figura del piquete puede ser articulada con otras prácticas anteriores como parte de un movimiento social y político de conjunto de carácter más amplio y polifacético pero siempre de resistencia al poder político económico, los que también constituyen expresiones de diversos reclamos y pedidos de justicia. Desde los movimientos en contra de la impunidad de los genocidas de la última dictadura a partir del indulto a inicios de la gestión Menem, la exigencia de justicia frente a la violencia policial, la corrupción y violencia del poder político (los frecuentes casos de “gatillo fácil”, caso Carrasco, María Soledad Morales, José Luis cabezas, etc.) pasando por los reclamos populares contra el abuso de las empresas de servicios públicos privatizadas, expresiones tales como el “santiagueñazo”, los “tractorazos”, los “apagones”, la carpa docente, las marchas nacionales, etc. Esta primera periodización nos permitiría encontrar puntos de contacto que brindarían una suerte de continuidad, articulando acciones que son presentadas mediáticamente como espontáneas, atomizadas y focalizadas.
    Consideramos que una mirada de este tipo ayuda a dar inteligibilidad a lo que esconde el análisis descontextualizado en relación a las formas de organización de la resistencia social. Posiblemente la idea de la espontaneidad puede estar asociada al hecho de la ausencia y no uso de los canales formales instituidos tradicionalmente para el ejercicio del reclamo.1 Un corte de ruta que se presenta como espontáneo, improvisado e inesperado, se inscribe en procesos con tradición y se articula con otras series de acciones. Es importante desnaturalizar la lectura fragmentaria de la protesta. La supuesta espontaneidad atribuida a los piquetes no debe obturar interpretaciones que la vinculan con otras acciones de resistencia, que en muchas oportunidades son asociadas por el poder político con la acción de supuestas organizaciones ilegales y la participación de activistas infiltrados y agitadores. En este sentido desde la retórica oficial, se produciría un juego contradictorio entre la supuesta espontaneidad atribuida al reclamo y el intento de vinculación de las acciones a una “ilegalidad” organizada y casi siempre presente.
  2. Por otra parte, en el marco del contexto más amplio mencionado arriba, es posible realizar un corte mucho más delimitado y específico, que tiene como punto de arranque la emergencia mediática de la figura del piquete. Podemos marcar como antecedentes más directos e inmediatos del surgimiento y generalización de este tipo de protesta, los siguientes: un primer momento que va del año ‘90 al ‘95 cuyas expresiones más cercanas han sido en el año '91 las revueltas de Sierra Grande (Río Negro) y la resistencia de los trabajadores metalúrgicos de Tierra del Fuego en abril del ‘95, que costara la vida del obrero Víctor Choque a manos de la represión policial. Un segundo momento puede demarcarse desde mediados del año ‘96, donde se produce el primer corte de ruta en Cutral Co, lugar donde emerge mediáticamente la designación piquete/piquetero, las que se renovaron con inusitada virulencia en abril del ‘97, año de la irrupción y diseminación generalizada de este tipo de protesta, donde los cortes adquieren mayor presencia a partir de los meses de abril, mayo y junio, en las provincias de Córdoba, Formosa, Chubut, Santa Fe, San Juan y especialmente Neuquén, Salta y Jujuy. Donde la discursividad mediática contribuyó a la conformación de una suerte de mapa imaginario de la marginación y del reclamo en el país.
A nuestros fines, nos centraremos en esta última etapa debido a que los piquetes cobran centralidad mediática desbordando lo acontecido inicialmente en Cutral Co y Plaza Huincul para diseminarse como principal y novedosa forma de protesta en varias provincias argentinas. La temática cobra presencia intermitente en los medios a lo largo de casi tres meses otorgándoles una inusitada visibilidad social. “Desde aquel momento y de manera sostenida y creciente, la interrupción del paso del tránsito en las rutas y puentes se fue transformando en la principal forma de protesta en la Argentina”, (Becerra: 2001) hasta los acontecimientos de diciembre de 2001.2
   
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