Apuntes sobre piqueteros:
El parto mediático de un nuevo actor

 

        Por Daniel Saur
Doctor en Ciencias por el Departamento de Investigaciones Educativas del Centro de Investigación y Estudios Avanzados; Prof. de la Escuela de Ciencias de la Información, Universidad Nacional de Córdoba. Email: dgsaur@tutopia.com
Documento elaborado para el “IV Congreso Nacional de REDCOM - Política, Economía y Comunicación: Desafíos para un nuevo siglo”, realizado en la Universidad Nacional de Córdoba,
del 13 al 15 de junio de 2002.

Consideramos que en el año ‘97, los piquetes como práctica, se cruzan con otras acciones que expresan distintos tipos de reclamos, en relación a la memoria traumática, el inició de los escraches realizados por H.I.J.O.S como nuevas formas de protestas que responden al orden de lo ritualizado; reclamos de tipo económico tales como la instalación de la “Carpa blanca docente”; en relación a la impunidad, el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas; reclamos de tipo privado, etc. Es importante destacar también que es en ese período en el que comienza el profundo proceso de recesión económica, el que se extiende hasta la actualidad, cuyas enormes consecuencias sociales han permitido visibilizar con mayor contundencia las aporías y disfunciones del modelo socio económico instalado en el país. A su vez, queremos destacar que la problemática de los piqueteros que comenzó a dibujarse como síntoma del malestar social en la segunda mitad de los ‘90, durante el año 2001 cobró una inusitada centralidad en la agenda mediática. En la última quincena de junio y la primera de julio de ese año, se realizaron las primeras acciones de cortes de ruta coordinadas a nivel nacional (se llegaron a realizar 58 cortes simultáneos, con el lamentable saldo de dos muertos en Tartagal).

Los piquetes: nuevas formas de resistencia

Los reclamos expresados en los cortes de ruta efectuados desde mediados de 1997 son asociados habitualmente en forma genérica con la solicitud de trabajo por parte de sectores desplazados del circuito laboral. Sus protagonistas son identificados como desocupados, en un país donde todavía persiste, aunque muy cuestionado y seriamente deteriorado un imaginario (construido inclusive con anterioridad al estado bienestarista) donde el trabajo era fuente de bienestar y su ausencia generadora de diversos males sociales. La posibilidad de independencia y autonomía, de constitución de una familia, el progreso general y el desarrollo personal, el reconocimiento público, la salud física y psíquica, etc., estaban asentados sobre una ética del trabajo que constituía una doble faceta de bien personal y social, realización para el individuo y engrandecimiento para el país. Como sostiene H. Arendt, “la Edad Moderna trajo consigo la glorificación teórica del trabajo, cuya consecuencia ha sido la transformación de toda la sociedad en una sociedad de trabajo”, al enfrentarnos “con la perspectiva de una sociedad de trabajadores sin trabajo, es decir, sin la única actividad que les queda, está claro que nada podría ser peor.”3

Toda una axiología positiva construida por el capitalismo industrialista durante gran parte del siglo XX se encuentra dislocada, generando una enorme incertidumbre al corroerse un marco de referencialidad que fuera dominante hasta hace relativamente poco tiempo.

En ese contexto de dificultades de inscripción y deterioro de los marcos de significación tradicionales, los piqueteros, como parte de los nuevos actores sociales en formación son una entidad que convoca a la interpretación. Expresión social que espera ser descifrada, como nueva forma de hacer política. Como sostiene E. Grüner (2001), “los piquetes desbordan los límites académicos -los ‘cientistas sociales’ no saben qué hacer con ellos-, así como las instituciones -el poder no sabe cómo tratarlos, qué ‘derechos’ darles o negarles, si reprimirlos como ‘disolventes’ o recibirlos en la Casa Rosada-”; existiendo una marcada ausencia de claves interpretativas institucionales, conceptuales, políticas, etc. para dar cuenta de este proceso. En ese marco, los piqueteros se han instalado como manifestación de un síntoma social que se expresa desde el seno mismo de la dislocación del sistema democrático presente. Son una expresión que se presenta fantasmaticamente (Derrida, 1995), que lucha por cobrar cuerpo y evitar, como dice J. Derrida, el “exorcismo político” impuesto por el discurso hegemónico, a partir de acciones disruptivos que no responden a regulaciones formales.

En este sentido, los cortes de ruta son nuevas expresiones del reclamo, las que muestran desplazamientos en relación a los rituales tradicionales, aunque no puedan dejar de inscribirse de todos modos en un linaje y una tradición. La designación piquete/piquetero tiene su genealogía por más que nos encontremos ante una clara mutación dada las transformaciones operadas en las formas de resistencia al poder político económico. Esta designación posee una larga historia vinculada a las luchas obreras y sindicales a lo largo del siglo XX en nuestro país. Los piquetes de huelga se instalaban en los accesos de las fábricas, teniendo por función principal difundir el reclamo y garantizar el cumplimiento de la medida de fuerza por parte de los trabajadores, evitando el ingreso de los mismos al lugar de producción. Es decir, evitar el laboreo para imposibilitar la producción y extracción de plusvalor y la explotación de la fuerza de trabajo, impactando directamente sobre el proceso de producción y valorización del capital. En la actualidad el piquete no sólo ha cambiado su sede, sino principalmente ha tenido una profunda transformación en su significación. Hoy el piquete es principalmente interpretado en los medios como expresión del reclamo por trabajo, para garantizar el derecho a trabajar, asociado directamente a los sectores que han quedado fuera del sistema productivo.

Si bien con una significación profundamente distinta, hoy también el piquete interrumpe el tránsito, no ya el ingreso al lugar de producción sino principalmente imposibilitando la distribución de la producción, a partir del bloqueo de vías importantes de circulación (principales rutas y puentes nacionales y provinciales). Esta interrupción, en una de sus dimensiones, puede ser leída como rechazo general a una actualidad socio cultural caracterizada por los flujos y las redes, asociada inevitablemente con lo que se ha dado en conocer como globalización (inserción de Argentina al contexto internacional largamente proclamada por el presidente Menem). Se interrumpe el tránsito en plena era de los flujos y de la circulación comercial, informacional, financiera, etc. En este sentido el corte aparece como una interrupción que cuestiona el relato dominante sobre la globalización que la presenta como interconexión homogénea y sin fisuras (García Canclini, 1996).

En un periodo caracterizado por la creciente desterritorialización producto del establecimiento de redes dinámicas con movimiento permanente y de la virtualización de los vínculos (Bayardo, Lacarrieu: 1997; 1999), el piquete fija y precisa un lugar, imponiendo aunque provisoriamente una barrera, un límite, en un proceso que podría designarse -siguiendo a R. Reguillo (2000)- como de “invención del territorio”. Noción que permite trabajar la relación entre la reorganización política y la construcción/apropiación de nuevos espacios a los que se dota de sentidos diversos al trastocar sus usos habituales.

De modo similar, se produce un cambio de la temporalidad, que deteniendo la velocidad continua de ciertos tránsitos, instala un tiempo que requiere de soluciones inmediatas. Un aquí y ahora que se contraponen a un ritmo vertiginoso y continuo, asociado con una lógica expulsiva y una cultura del pasaje. De esta forma, los piquetes constituyen nuevos modos de ordenamiento del espacio y el tiempo, afectando marcadamente la visibilidad del espacio público y convocando la atención, imponiendo nuevos temarios. Son registros de nuevo tipo en los fenómenos micropolíticos, una instancia de prueba, un lugar de ensayo, una suerte de laboratorio de lo social. Al cortar la ruta se produce una redistribución del espacio, del tiempo y de los temas, produciendo una redefinición del ámbito de lo público. Atravesando rutas y bloqueando puentes se produce un reordenamiento del espacio, una reterritorialización, un cambio de temporalidad y de prioridades, imponiendo una agenda donde las cuestiones a discutir son el resultado de la acción. En este sentido, los acontecimientos de 1996/97 pueden ser reconocidos como la inauguración de nuevos lugares de participación política, nuevos lugares de encuentro y de enunciación.

A partir de una lectura en esta dirección, se debe revisar la espacialidad construida en torno a la noción de centro/periferia que atribuye a estos sectores un lugar marginal dentro del funcionamiento político de la sociedad. Desde 1997 los piqueteros se han instalado intermitentemente en el centro de lo político, gracias al lugar que han cobrado en el espacio público por medio de las teletecnologías de la comunicación y la información. Es justamente por las dislocaciones generalizadas de la topografía política por la cual los piqueteros emergen en otra espacialidad, por las mismas fisuras que genera la estructuración socio política hegemónica. Es ahí donde se juega su dimensión espectral (Derrida, 1995). Los piqueteros, si bien no pueden ser considerados como incluidos tampoco pueden ser descriptos exclusivamente como marginales políticos, al ocupar a través de su praxis relampagueante, y cada vez con mayor luminosidad, el centro de un escenario público en transformación. Esta condición puede ser interpretada como invirtiendo la figura de los “desaparecidos” (Becerra: 2001), figura con la que se asocia recurrentemente a los sectores pauperizados y a las víctimas del modelo de exclusión. Podríamos sostener que su condición fantasmática los instituye en los nuevos “aparecidos” del sistema, los que comienzan vacilantemente a cobrar una corporeidad, endeble, poco estabilizada, espectral, pero que precariamente comienzan a llenar un espacio que la política tradicional va dejando vacante.

De este modo, los piquetes emergen y se instalan en el espacio público como una forma de interpelar al gobierno en sus distintos niveles (municipal, provincial y nacional), de manera directa y sin mediación de los órganos institucionales, desconociendo los canales formales y los mecanismos de representación característicos del juego democrático. Estas acciones, son formas de actuación política no institucionalizadas, no se valen de estructuras formales por más que las tengan bien en cuenta al direccionar sus reclamos, los que se hacen oír en las distintas esferas del poder burocrático.

Los piquetes cuestionan seriamente la representatividad de las instituciones democráticas, produciendo una denegación de la política altamente política (Beck, 1999). Su carácter interpelativo está dado en que son directamente los pobladores, sin mediación, los que exigen respuestas a la autoridad, recuperando para sí la soberanía que vuelve al pueblo a partir de acciones directas y decisiones en asamblea. Los cuestionamientos al poder político no se atienen “a los límites de la crítica verbal; se encarrilan más bien a través de la práctica de una democracia directa, basada en el protagonismo masivo en la adopción de tímidas formulaciones programáticas, en las decisiones de acción, y en la elección de representantes o delegados con mandatos explícitamente conferidos en asamblea y revocables en cualquier momento” (Laufer, Spiguel, 1999:28).4 Desconociendo, de este modo, la norma constitucional según la cual “el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes”, constituyendo aunque precariamente una expresión de poder paralelo que desborda, neutraliza o enfrenta a las autoridades, haciendo efectiva sus propias decisiones y reclamos (Ibíd., 37). A partir de sus manifestaciones crean nuevos lenguajes y por medio de esos cuerpos colectivos confrontan con el poder. Como dice A. Scribano, “los cortes se instalan como portadores de prácticas políticas novedosas orientadas a ejercer un estilo democrático diferente del canalizado por el sistema partidario formal” (1999:65). En los piquetes encontramos un ejercicio de soberanía alternativa al poder oficial, que encuentra como condiciones de posibilidad el vaciamiento de la legitimidad de este último, contribuyendo a profundizar la crisis de credibilidad de la autoridad y la dirigencia tradicional, a partir de la visibilidad que otorga a la profunda fisura producida entre las demandas sociales y lo que habitualmente se considera la política.

   
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