Apuntes sobre piqueteros:
El parto mediático de un nuevo actor

 

        Por Daniel Saur
Doctor en Ciencias por el Departamento de Investigaciones Educativas del Centro de Investigación y Estudios Avanzados; Prof. de la Escuela de Ciencias de la Información, Universidad Nacional de Córdoba. Email: dgsaur@tutopia.com
Documento elaborado para el “IV Congreso Nacional de REDCOM - Política, Economía y Comunicación: Desafíos para un nuevo siglo”, realizado en la Universidad Nacional de Córdoba,
del 13 al 15 de junio de 2002.

Una lucha en procura de la ciudadanía

Acordamos con A. Scribano (1999) cuando afirma que en la puja por la definición de sentidos socialmente legitimados en el orden social, los cortes de ruta se inscriben en una lucha por la “reobtención de la ciudadanía perdida”. El concepto de ciudadanía no sólo hace referencia al derecho al voto y a la participación (derechos políticos institucionales), sino que comprende derechos civiles y libertades personales para los miembros de un territorio, así también derechos sociales referidos al bienestar y la seguridad individual. Desde una perspectiva liberal, dominante en nuestras democracias representativas, la ciudadanía es el conjunto de estos tres tipos de derechos, de los que debe gozar cada individuo por igual (Marshall, 1965). En una dirección similar, D. Miller señala que ciudadano es quien “participa activamente en la dirección futura de su sociedad a través del debate y la elaboración de decisiones públicas.” (Revista Agora, 1997:89).

Desde un enfoque diferente, que a nuestro criterio problematiza enriqueciendo los anteriores, E. Jelin (1997:194) sostiene que “el concepto de ciudadanía hace referencia a una práctica conflictiva vinculada al poder, que refleja las luchas acerca de quiénes podrán decidir qué en el proceso de definir cuáles son los problemas sociales comunes y cómo serán abordados”. Esta concepción que vincula ciudadanía a poder, está cuestionando un punto central de la noción liberal clásica de ciudadanía universal -la que sostiene que “todos somos iguales ante la ley”- que contribuye a perpetuar desigualdades, pues los sectores con mayor poder lo hacen valer para imponer sus propios intereses como el “interés común”, el “interés de todos”, excluyendo los intereses de los sectores menos influyentes.

En este sentido, las demandas sociales que estamos analizando, pueden interpretarse como una lucha política en procura de la ampliación de la base social de los derechos y de una mayor participación en las decisiones colectivas. Interpretado de este modo, el corte de ruta, en una de sus dimensiones, procura re/introducir a los sujetos en la comunidad política, por medio de la tensión que ejercen en relación a quiénes tienen derecho a la palabra y qué pueden decir en lo referente a las preocupaciones e intereses de la comunidad.

Principales desplazamientos

El carácter novedoso de este tipo de protesta se expresa en gran medida por los distintos desplazamientos que produce en relación con las formas tradicionales de manifestación del reclamo público.

  1. En primer lugar y en relación a los cambios de la espacialidad, el piquete no sólo se corre del lugar de ingreso a la fábrica para instalarse en las principales vías de circulación, sino que produce un desplazamiento muy importante en relación a las sedes históricas de manifestación de la protesta. La plaza pública pierde su carácter de lugar excluyente para el encuentro y la interpelación al poder, instalando un nuevo escenario para el ejercicio del reclamo y el cuestionamiento, instituyendo un nuevo espacio político.
  2. Otro desplazamiento significativo se da en relación a las formas de encauzamiento del reclamo, el que no emplea las formas institucionalizadas a tal fin; es decir, los canales de expresión y de acción tradicionales tales como el partido político, el gremio o el sindicato, por más que no prescindan totalmente de ellas. Ocupan espacios donde no existen instituciones o éstas han dejado de responder. Los dispositivos históricos de representación han dejado de canalizar este tipo de protestas, no debemos olvidar que tradicionalmente el piquete era una acción enmarcada dentro de la huelga que ha sido y es el método de acción sindical tradicional y más habitual. El piquete no posee una organización burocrática claramente establecida, un programa de acción o gobierno, estatutos o criterios de afiliación. Son acciones no interesadas en la toma del poder, pero sí en propiciar otras formas de ejercicio del poder. De este modo, se dificulta una adscripción del reclamo que contribuya a su semantización a partir de su inscripción en una red de sentido preestablecida. El piquete no puede ser capturado por la tradición reformista partidaria ni por la historia del movimiento obrero sindical. Este tipo de protesta se impuso, al menos en un principio, como una forma de institucionalización inédita que responde a una modalidad autogestiva, a partir de la autoconvocatoria, donde la responsabilidad recae en el propio colectivo sin intermediación ni delegación. En una segunda instancia, a partir de la participación de organizaciones no vinculadas directamente con la política tradicional, tales como ONG's, centros vecinales, agrupaciones juveniles religiosas, etc., cuya expresión más acabada de coordinación se da a partir de la creación de lo que se ha dado en llamar la/s “multisectorial/es”. En este sentido, el piquete emerge en la dislocación de las formas modernas de hacer política, cuestionando seriamente el sistema de representación y generando nuevos espacios que llenan ausencias a partir de la puesta en juego de sus efectos a nivel de lo político. Como expresa N. Chosmky (2001:16), “si el público general busca organizarse y entrar en la arena política y presionar por sus propios intereses, eso es una problema. Eso no es democracia, sino expresión de una 'crisis de la democracia' que tiene que ser resuelta”.5
  3. Nuevas subjetivades ingresan de manera protagónica en la agenda mediática. El piquete cobra presencia en el espacio público a partir de la aparición del reclamo en los medios, los que se han vuelto decisivos para la configuración de modelos sociales (de prácticas, identitarios, etc.) que rivalizan con las instancias y los discursos socializadores tradicionales. Los excluidos se vuelven centro de la acción, las miradas y el debate, posibilitando visibilizar en su corporeidad la incapacidad de este modelo político-económico para incorporar la diferencia, sin convertirla en desigualdad. La protesta adquiere visibilidad por medio de las teletecnologías (Derrida, 1998), otorgando a la acción y sus agentes carácter público en una situación en la cual el peso relativo de estos sectores es menor en la relación de fuerza que mantienen con los actores colectivos habitualmente presente en los medios, aquellos que han salido beneficiados por las políticas públicas implementadas en el país en la última década.

En cierta medida, los piqueteros desplazan al ciudadano común del centro de interés, instituyéndose en nuevos protagonistas del espacio mediático, protagonistas que se caracterizan por su condición de “despojados”. El piquetero se instituye en un actor que se diferencia por la carencia en oposición al ciudadano común que se identifica por la pertenencia (apodo en oposición al nombre, desalojo en oposición a residencia, desocupación en oposición a trabajo, desinstitucionalización en oposición a adscripción institucional). Este es uno de los motivos por el cual en la batalla semiótica por su nominación se produce una identificación sustentada en el formato (Pérez, 2001). Es su práctica, su hacer, el modo en que aparece en la escena pública, el que delimita el alcance de su designación, el que se cierra sobre el momento de realización de la protesta, y no su filiación o pertenencia.

Productividad mediática

Los medios contribuyen a dar visibilidad a estas nuevas expresiones sociales (Scribano, 1999), configurando sus actores y ayudando a definir estas prácticas. Como sostiene M. Antonelli (2000): “Los medios instauraron las condiciones de enunciabilidad y de visibilidad pública de la marginación, la pobreza, la exclusión describiendo y narrativizando los procesos de alteración, desintegración y destrucción de las identidades sociales. Contribuyendo a su vez al surgimiento de nuevas e incipientes identidades.”

Los cortes de ruta, a partir de su tratamiento mediático, han contribuido a otorgar visibilidad a una Argentina postergada, que está pagando el costo de años de aplicación de políticas neoliberales; los medios han contribuido arrojando luz sobre alguna de las sombras del “modelo”. Es decir, la mediatización de los piquetes ayuda a construir la diferencia permitiendo ver a “uno” de los “otros” sociales. Esto se debe, en gran medida, al menos en una primera etapa, al componente novedoso de la protesta, ya que uno de los requisitos de lo noticiable es justamente su carácter inédito u original. Otro factor puede ser atribuido al carácter conflictivo de la acción que es recuperada y reconfigurada por el discurso mediático.6 Como sostiene Tenti Fanfani (2000) en relación a los piqueteros: “constituye una manera de ‘hacerse ver’, de romper el aislamiento, el ‘ninguneo’ al que los reduce su situación de exclusión social y territorial (...). Durante el tiempo que dura el corte de ruta, los ‘excluidos’ conquistan una existencia social en el contexto nacional.” La visibilidad que adquieren a través de los medios les otorga un poder temporal que se emplea en la mesa de negociación. Al instalar el reclamo en el ámbito mediático, se garantiza una palabra audible. Los medios instituyen al reclamo como primera alocución que debe provocar una respuesta; de este modo, por los medios, se facilita la interpelación al poder político.

   
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